Sentirse sentido

Por Carolina Aguilera Apuntes No hay comentarios en Sentirse sentido

Así explica Dan Siegel en su libro “El cerebro del niño” (que algunos ya me habréis oído recomendar en múltiples ocasiones) cómo se logra conectar con nuestros hijos e hijas. Que sienta que le sentimos.

Cuando el niño tiene miedo, está nervioso, preocupado, ansioso, agotado… se dirige a los padres en busca de protección y seguridad. Los niños comunican sus emociones a través de su comportamiento más que por medio del lenguaje. Puesto que aún están aprendiendo a identificar y expresar sentimientos. Les cuesta reconocer cómo se sienten y en muchas ocasiones no saben cómo explicártelo. Por eso tenemos que ayudarles.

El problema fundamental es que los adultos frecuentemente no les ayudamos porque solemos fijarnos tan sólo en ese comportamiento no adecuado y nos cuesta entender y ver la emoción que hay detrás.

 

Imagen obtenida de http://www.escuelaenlanube.com

Por ello, cuando un niño siente una emoción negativa y actúa, la mayoría de las veces les castigamos sin más, o les reñimos, o en el mejor de los casos les explicamos que eso que han hecho no está bien. Pero  no es suficiente.

Si les castigamos  y/ o reñimos, ellos se sienten aún peor, potenciamos su tristeza o su enfado,  porque a su sentimiento negativo se une la incomprensión de sus padres, y la sensación de inseguridad.  Se les niega la posibilidad de que expresen sus sentimientos negativos, se les censura emocionalmente.

Si les explicamos calmadamente que así no se deben comportar es menos violento para ellos, pero su sentimiento negativo permanece y también se sienten incomprendidos por parte de sus padres.

Por tanto, llegados a este punto, la pregunta sería ¿qué hacer?

Puesto que a los niños les cuesta reconocer sus propios sentimientos lo primero sería ayudarles en este proceso. “Estás muy enfadado porque querías quedarte un rato más en el parque, ¿verdad? Porque en el parque te lo pasas muy bien y no quieres irte a casa.”  Así les facilitamos el acceso a su mundo emocional, ponemos nombre a sus sentimientos.  Y no negamos sus sentimientos aunque sean negativos.

Después y, siguiendo al ya citado Siegel, sintonizamos con el niño, ” entiendo que estés enfadado porque te he dicho que nos íbamos, es normal, yo a veces también me enfado por cosas que no quiero hacer” Así el niño siente que le entendemos, se siente sentido.

Posteriormente, cuando el niño ya esté más calmado podemos ayudarle a sentirse mejor “¿qué te parece si volvemos cantando a casa y al llegar ponemos tu canción favorita en el ordenador?”

Sólo nos quedaría darle herramientas para manejar su enfado para situaciones futuras, recordando que no negamos el sentimiento sino modificamos el comportamiento no adecuado asociado a ese sentimiento. Este último paso se llevará a cabo pasada la situación conflictiva y en otro momento cuando el niño esté tranquilo.  “A partir de ahora cuando notes que estás enfadándote en lugar de gritar y tirarte al suelo ¿qué te parece si me dices Papá, estoy enfadado? Entonces podríamos llegar a un acuerdo para que no tengamos que reñir. ¿Vale?”

Este proceso, que a priori puede parecer muy costoso, una vez que lo has interiorizado, es mucho más rápido y eficaz que si castigamos sin más o forzamos a que el niño haga lo que queremos. Recordemos que para dominar una actividad hay que repetirla.

Aunque sea difícil para los adultos, debemos ponernos en el lugar de los niños, entender el porqué de sus comportamientos. Entender que sus comportamientos disruptivos no se deben a que sean malos o quieran fastidiarnos, sino a que no tienen otras herramientas para expresarse. Por eso necesitan nuestra ayuda, que les ayudemos a que identifiquen sus emociones, las puedan expresar y manejar de una manera adaptativa. Pero ello requiere de una enseñanza por parte de sus figuras de referencia. Si les pegamos, les castigamos… no aprenden, sólo sienten que sus padres les censuran cuando ellos se sienten mal. Cuando, en realidad, en esos momentos,  debería ser cuando más les ayudáramos y más cerca de ellos estuviéramos.  Como ya he repetido otras veces y siguiendo a Rosa Jové “Quiéreme cuando menos lo merezca que será cuando más lo necesite”.

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